—Entonces, ¿Ahora te vuelvo a ver, cuándo, en diciembre?
—En principio sí, vuelvo ya por Navidad el día 15. Como el año pasado.
El paseo de la Castellana llevaba tiempo a oscuras, lo normal cuando el otoño está a punto de terminar. El tráfico ha superado septiembre y se prepara para la explosión de navidades. La rutina ya asentada solo se ve perturbada por el sol poniéndose cada vez más pronto. Por eso, días como hoy refrescan un poco la mente, dan perspectiva. Tras pagar, bajé del taxi; noche de repaso. El camarero acudió a preguntar por el espíritu acompañante: ginebra, en este caso.
—Un Seagram ’s con agua con gas, por favor.
—¿Eso está bueno?
—Está bien, a mí me gusta. Es más sano.
—A ver, la ginebra sigue estando en el vaso.
—Bueno, pídela y dime qué te parece.
—Venga, pues dos, muchas gracias.
Es cuando el camarero se va cuando el cansancio de ser jueves empieza a hacer mella. Es tarde. Podría ser peor; Rafael ha venido con las maletas directo del aeropuerto. Sonrío, levemente.
—¿Ya te estás riendo de mí?
—No, hombre, no. De tus maletas. Un poco solo.
Discutimos banalidad antes de abordar lo interesante que pudiera haber pasado durante los últimos meses en los que no nos habíamos visto. Pondría ejemplos, pero son conversaciones que rozan lo lobotómico. No es culpa de nadie. Si la persona con la que hablas no es bombero, superhéroe o, yo qué sé, ladrón de bancos, la vida ordinaria de cualquiera es, bueno eso, bastante ordinaria. Los repasos son anodinos, parecidos y recalcando que, en el intervalo de paréntesis ausente, lo que más ha pasado ha sido el tiempo. En fin, tampoco está mal; es la vida. Sentir apatía por la realidad es contraproducente y octubre es un mes para el optimismo.
En el mejor de los casos, estas rememoraciones son un buen preludio a una conversación de verdad. Si hay suerte, eso sí. También podrían preceder a un silencio incómodo sobre subtítulos que dirían:
“Bueno, hasta aquí, ¿no?”
Aquí es pereza. Dinero y tiempo perdido, si es que se pudiera perder más. Acabar las conversaciones así como costumbre sería propio de alcohólicos buscando compañía para disfrutar del último vicio legal. Para eso no habría venido. Pagamos y empezamos a caminar.
Acompañados del traqueteo de la maleta de Rafael, hablamos sobre su trabajo, la vida profesional, desafíos venideros y anécdotas del pasado. También de temas más escabrosos como la incertidumbre inherente a la juventud o la búsqueda de obstáculos tras salir de la universidad. Del amor hablamos poco, las conversaciones de verdad también tienen sus costumbres. Normalmente empiezan con una confesión.
—Estoy pensando en irme de Alemania.
—¿Pero para volver a España o para seguir tu periplo?
—Para seguir por ahí, buscando un reto tal vez.
—Sí, a veces yo también tengo la misma sensación…
—¿De querer irte?
—No, de echar de menos alguna exigencia de superación.
—Tal vez la vida laboral no tenga nada más que enseñar.
—Me cuesta creerlo, la verdad. Pero tampoco lo puedo rebatir porque no he visto otra cosa.
No llevábamos caminando demasiado cuando nos encontramos con una cara no-desconocida. No me acuerdo de su nombre; tampoco lo pregunté porque habría quedado mal. Me sonaba de algo, pero tampoco sabía muy bien de qué. Rafael la conocía algo mejor que yo; resulta que era amiga de su hermana. Intercambiaron profundas confidencias.
—¡Ay, hola! ¿Qué tal todo?
—¡Qué casualidad! ¿Todo bien?
—¡Sí! Aquí por Madrid, mañana me vuelvo a ir.
—¡Ay, qué pena! La próxima vez que vengas, avisa y montamos algo. ¡Nos tenemos que ver más!
—Ya ves, la próxima vez que esté por Madrid aviso e intentamos cuadrar.
Avanzamos tras el clímax sentimental de la noche. Rafael, yo y su maleta.
—Rafael.
—Dime.
—De la última conversación.
—Sí.
—Con la chica esta.
—Vale.
—Del uno al diez, ¿Cuánto de falsa crees que ha sido?
—Diez.
Era tarde. El resto de la calle estaba completamente vacía. Rafa levantó la mano para hacer parar al único taxi que bajaba.
—Hora de irse ¿No?
—Si.
—Oye.
—Dime.
—Nada, que nos tenemos que ver más.