Fernando Wangüemert Guerra

Un punto inmerecido

Lo escribí para un curso de relatos como un texto más experimental. Intentando encasillarlo dentro de algun género literario, llegué a la conclusión de que no era más que un discurso político. Una propuesta.

  ·   3 min read

La letra i. I de imbécil. Cae mal. Te podrá parecer irracional, ilógico y hasta cierto punto incomprensible. Pero, créeme si te digo, que al final de este texto desdeñarás a la tercera vocal. Más que yo incluso, que tengo historia con ella. Solo de pensarlo… i, i de istúpida. En fin, empecemos. El que se cabrea pierde la razón.

Es por su punto, completamente inapropiado. No es la única letra con la prerrogativa, lo tienen ella y la j. Lo que pasa es que, en el caso de la segunda, estoy dispuesto a tolerar la situación actual. Al final, mira tú, la j es una palabra bastante sin más. Pobre, las palabras que encabeza son siempre de poco calado: jirón, joroba, jeta, jadeo, jocoso o, aún peor, jubilación. Vamos, exceptuando justicia y jolgorio, no veo mucha sustancia. Dejémosla en paz, de momento, y centrémonos en la i.

Lo primero que molesta de ella es que, de forma cínica, disfruta de quedarse siempre con la última palabra. Al terminar de escribir una cualquiera que la contenga, queda mirando, como un niño mimado musitando: –¿Y mi punto?¿No me lo vas a poner?- Injusto.

Estarás pensando ahora: –¿Pero a este tío que le pasa?¿Qué me está contando?- Y te entiendo, de verdad que te entiendo. Si la palabra en la que estuviera buscando a la i para ponerle su punto tras escribirla tuviera siempre un significado infantil, digamos por ejemplo iglú, lo habría aceptado sin rechistar. Este texto no existiría. Pero no es eso. Es algo más que encuentro ineludible.

El punto es inapropiado porque la i es la vocal del no. Curioso, cuanto menos, que la i, no presente en el no, se pase el día siendo usada para negar. Porque así es, no cabe ninguna duda, y ese es su problema. La i disfruta de encabezar, presumida, las palabras más hacen mover la cabeza de lado a lado. Disfruta, mirándote esperanzado por la expectativa de una oportunidad, al decirte que no. Pasa muy a menudo:

Imposible –Pero ¿Cómo va a ser? ¿Me lo estás diciendo en serio? –Inasumible, lo siento –¿Y de lo que habíamos hablado? -Completamente insustancial, y además incorrecto. Me temo que la situación es irreparable, de verdad, no insistas más.

Es aquí cuando, evitando enemistarte con tu interlocutor, deberías fijarte en el desgraciado papel de nuestra tercera vocal. Mientras tu estás ahí jodido, la i está, anodina, incluso descuidada, disfrutando de su arbitrario privilegio.

Podrás pensar que mi argumento es personalista. Aceptable y hasta cierto punto previsible, pero incompleto. Los significados liderados por la i están copados por la infamia. Puedo empezar con ignorancia, infidelidad o insidia, continuar con incompetencia, indiferencia o delicias como inanición, pero dejaría atrás indolente, incompatible o inconsistente. Todas ellas auténticas maravillas de nuestro reino de palabras.

No estoy diciendo que debamos eliminar la i, y con ello, la posibilidad de cruelmente negar. Negar es imprescindible para darle un significado al si. Pero, después de leerlo, estarás conmigo en que darle un punto a tan desafortunada vocal es poco menos que inmerecido. El punto es un regalo, un elemento diferenciador como el palito de la t. Mira tú, la t, cabalgando palabras tan inofensivas como tartamudo. No queda otra opción más que, solemnemente en esta reunión de dos, proponer eliminar el punto de la i. Indefinidamente.

Mientras tanto, calma. Ante esta inmanejable situación, no está todo perdido. Existe un leve consuelo, y es que el día en el que el no termine (que terminará, lo hace siempre). El día que la negación desaparezca dejando paso al futuro, lo único que quedará es un sonoro sí, con la i al final, arrepentida y avergonzada susurrando en voz muy bajita una de las pocas palabras decentes que tiene bajo su manto: inspirador.