Fernando Wangüemert Guerra

Carmen

Parte de la misma historia de siempre

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Como si nunca se hubiera cambiado de gafas entró a la óptica. Antes solía llevar las más baratas, sin opcionales. Nada de antirreflejos, ni cristal reforzado. Como tenía poca falta de vista las lentes eran finas y la frugalidad no se convertía en drama. Bajo su punto de vista, no había ninguna razón para cambiar. Cuando estrenando sus primeras gafas, con diez años, le propusieron accesorios dijo que no, rebelde.

¡Nó!

Y hasta el miércoles pasado sus gafas le dejaban ver el mundo con los mínimos para poder enfocar. El óptico, entonces:

—Carmen, ¿No quieres probar el filtro de luz azul en las gafas nuevas? Se lo pone todo el mundo, ahora que estamos todo el día con una pantalla en la mano… No es ninguna tontería, de verdad. ¿Sabes lo que es la fatiga visual?

Y ese día, como quien baja los brazos sin razón aparente, decidió acceder. De unas vulgaris a otras con fondo pale yellow.

—Me va a costar acostumbrarme.

No fue la mejor manera de acabar la conversación. No esa, que acabó con cordialidad. No, no. La otra importante. La anterior, por teléfono. Buen humor, terminando educada —¿Desde cuando soy tan así con P. al despedirme?— Modales distraídos. Si tuviera que repetir lo que hablaron, no habría podido. Se habría quedado pensativa, cayendo en la cuenta de que no había prestado casi atención, para luego extraer algún detalle indiferente, pero digno. No lo tuvo que hacer porque nadie le preguntó. Solo su madre:

—¿Quién era?

Estaba en su cuarto, extrañada por el olor a café que venía del salón. A su madre le gustaba hacerlos por la tarde, no después de comer sino después, cuando la gente prepara la cena. Eran siempre descafeinados pero oler, olían igual.

«Lo mejor que le puede pasar a cualquiera es que su primer amor le funcione. Lo mejor… lo ideal. Qué narices habré hecho para estar así ahora. Me debería haber ido con él a Madrid, a acompañarle. Qué tarde es ya. Eres una dramática.»

El café.

—¿Quieres que te haga uno con leche condensada?— Le ofreció su madre.

«De verdad, es mejor asumir que no funcionó. Ya está, a veces sí, a veces no .»

—¡Carmen!

—¡Qué!

Se había vestido para salir, no muy arreglada porque la estaban esperando desde hacía una hora. Patricia y un amigo suyo. «Se me va a quedar pegado el olor del café, mamá» pensó.

—Ese vestido el año pasado te quedaba mejor, ¿Vas a usar esos zapatos? ¡Qué arreglada vas!

«Me gusta la espalda al descubierto»

Abrió la ventana. «Un poco de aire para que respire el salón» creyó ver a su madre quedándose dormida con la taza en la mano. Mirando desde el alféizar hacia la calle empezó a negar con la cabeza. Dio un gesto al aire, no un manotazo tampoco. Un apartar la cortina sin disimulo. Su madre la vio y tras dar un sorbo rápido, le fue a preguntar. En el último segundo se arrepintió, pensando que no era el momento. Se le escapó el sonido de la letra C. y le dio otro sorbo a la taza mientras miraba a la lámpara del techo.

—¿Ibas a decir algo?

—No, nadita. ¿Te vas a cambiar el vestido?

—Si, no me termina de convencer… a lo mejor lo devuelvo.

—¿Tanto?

«Me encanta.»

Su madre se levantó a dejar la taza en la cocina. Le quedaba más de la mitad. De camino, ojeó por el hueco de la puerta el cuarto de Carmen. En su mesa se desplegaba una granja de botes de diversidad morfológica y cromática. Muchos colores en un desorden sin complejos. Lo típico.

«De todas las cosas de su día, me cuenta la historia de un perro que se encuentra por ahí. La próxima vez que hable con él tenemos que hablar. Tenemos que hablar. Qué imbécil es, con sus silencios. Si tienes algo que decir ¡Dilo! En fin ya está. Ahora me va a dar el aire, y me va a despeinar. El amigo ese de Patricia se va a quedar embobado y me va a decir lo guapa que estoy. Y luego me voy a quedar mirándole yo a él:

—¡Muchas gracias! ¡Qué educado!»

La última frase la dijo en alto mientras salía por la puerta, sin permitir a su madre preguntar.

—¿Pero con quién hablas?

Al salir, nada se veía igual. Era por las gafas, seguro, pensó. Pasaron veinte minutos desde que salió hasta que se sentó en la terraza. El cartel de la entrada anunciaba El Sol es amarillo, aunque Carmen juraba que antes el bar tenía otro nombre, no recuerda cual. Llegó a la vez que un camarero a su mesa.

—¿Quieren algo más los señores?

—Yo otra cerveza—dijo el amigo.

—Dos— dijo Patricia.

Carmen no dijo nada.

—¿Carmen?

—Dime

—¿Quieres algo?

—No, nada… — No dijo nada más.

Al camarero ni lo miró. Se había fijado en que dentro servían una copa de vino blanco en una copa transparente. Con sus gafas el vino parecía cerveza. Le dieron ganas y lo pidió cuando el camarero ya estaba de espaldas.

—¡Perdona!

Se tocó la nuez de la garganta un poco. ¿Por qué quería llorar? Aquel había sido un buen día. Y hacía sol. Tragó saliva y saludó. Sonreir se le daba bien.

—¿Me puedes traer una cerveza, por favor? Si me la pudieras servir en una copa sería ideal.

«Encima no me dice nada. Soy incapaz de sacarle un pensamiento de más de tres palabras. Complejidad nula. No me dice nada. Nomedicenadanomedicenada. Nunca había sido así. ¡La callada de los dos soy yo!»

—¿Y ya lo solucionaste?—Patricia hablaba con su amigo. Respondió Carmen.

—Bueno, ahí vamos.

El amigo se rió y esperó a que Carmen se diera cuenta. Carmen lo notó, pero decidió no reaccionar. Se rió otra vez, el amigo.

—Si… ya no me volverá a pasar, la próxima vez que nos veamos te doy unas llaves para no tener que irme a….

Diez minutos. Le trajeron su cerveza vestida en copa.

—¡Qué tal P. en Madrid! ¿Cuánto tiempo lleváis ya?— Le preguntó

— Dices en madrid ¿no?

—¡Digo juntos!

—Ah! tres años.

El labio inferior de Carmen temblaba ligeramente. Casi imperceptible. Se rascó la sien izquierda y suspiró. Se miró las manos y vió que tenías las uñas enormes. El esmalte había avanzado dejando paso a su uña nueva, intacta. Decidió no sucumbir al derrumbe. A lo mejor si solo hubiera estado Patricia habría hablado con más libertad. Dijo:

—Me tengo que hacer las uñas. A lo mejor voy mañana. No sé qué color decidir.

—¿A ver?

Le enseñó su mano casi como un trámite sin esperar respuesta. No la hubo y se quedaron los tres en silencio. Habían pedido otra ronda. Salvo Carmen.

Veinte minutos más.

Se despidieron, sin ornamentos. Patricia:

—¿Todo bien, te he visto seria?

—Ya te contaré, pero vamos, todo bien. Tonterías. Si quieres hablamos por teléfono esta noche. —Le respondió Carmen.

—Te encanta hablar por teléfono.

—O mañana, que voy a ir a hacerme las uñas al lado de tu casa, ¿Te paso a ver?

—Venga— respondió Patricia.

Al despedirse, el amigo —¿Se llamaba Alberto?— le ofreció llevarla a casa y Carmen accedió. La alternativa era cogerse un autobús.

—Si es que me pilla de camino— le dijo.

El coche era un Renault Megane gastado por el tiempo. Ligeramente disociada, Carmen miró en el hueco de la puerta y encontró una sudadera aplastada de color blanco, muy pequeña, impregnada de colonia de mujer.

—Esto no es tuyo, ¿no?

Alberto le contó que era de su ex.

—Bueno, si.. , o sea no, no es mío. Lo tendría que devolver. Pero me da un poco de pereza el trámite.

Carmen se quedó callada, unos cinco segundos, y luego soltó un:

—Ya.

Pero no fue un ya sin significado, fue con suspiro, y con la y griega alargada mientras apretaba la sudadera. No sabía que le había dado con los olores pero sentía que ahora las manos le apestaban a la ex del amigo de Patricia. Alberto. Alberto empezó a hablar.

—Es como, que no sé. Me costó mucho superarla, me da vergüenza admitirlo pero es así. Luego veo a amigos míos que lo dejan con sus parejas y el luto les dura una semana. ¿Se puede llamar así, luto? Lo tengo claro eh, o sea, lo dejamos los dos, porque teníamos claro que aquello no iba a ningún sitio. Una especie de cambio de prioridades. Antes ella estaba antes que yo, y antes de romper es como que te das cuenta que no, ¿no? No sé. No me lo esperaba.

Se quedó en silencio, esperando una respuesta que no llegó por parte de Carmen. O a lo mejor no esperaba respuesta, y necesitaba quitarse el discurso del pecho. La gente hace esas cosas. Habla para sí mismo en una especie de alarde de «No estoy loco». Lo real es racional.

—En fin, perdona por la chapa eh, tampoco nos conocemos nada y yo aquí contándote estas cosas. ¡Definitivamente tengo que quitar esa sudadera de ahí!

—Para nada, en realidad pienso igual que tu.— le respondió.

—¿Si?

Carmen le miró, apretó los dientes y sonrió un poco. Sin querer frunció el ceño y miró al techo del coche y suspiró. Volvió a pensar en las cervezas que estaban sirviendo en el bar cuando estaba con la mirada perdida. Al servirlas siempre se derramaba un poco y le gustaba. El grifo tenía un led que las iluminaba mientras se servían. Incluso desde la distancia a la que estuvieron tomando algo, se distinguían las burbujas subiendo hacia la espuma de una forma hipnótica. Se parecían un poco a las manchas que tenía el parabrisas del Renault Megane con el atardecer de fondo. Casi era de noche.

«Qué cansada estoy»

«Yo creo que mañana las uñas me las voy a pintar de color ámbar»