—¿Cuánto tiempo estás dispuesto a perder?
—No entiendo tu pregunta.
— Que de todo tu tiempo, cuánto estás dispuesto a perder.
—Cero, no estoy dispuesto a perder nada.
—Pero eres consciente de que lo quieras o no, eres víctima del tiempo perdido.
—Bueno, eso no significa que esté dispuesto a tirarlo así, sin más.
—Entonces, de todo tu tiempo, cuánto crees que se te escapa en una vida.
—Un 20% como mínimo.
—Eso son 16 años de 80. No es ninguna tontería.
—Bueno, tampoco puedes pensar así, perder el tiempo es la condición para tenerlo.
—Ya… ¿Tú en qué lo pierdes? Normalmente, digo.
—No sé, la última vez que quedé con D el otro día, por ejemplo. Tarde perdida.
—No seas así, hombre.
—Bueno, es mi prerrogativa al fin y al cabo, ¿No? Lo que es tiempo perdido y lo que no.
—Supongo que sí.
Llega un camarero con una cerveza y un Gin-tonic. Cogen lo que han pedido, respectivamente, y beben en silencio. Pasan diez minutos.
—¿A quién le toca pagar?, bueno da igual, pago yo.
—¿Cómo quieres volver?
—Podemos ir caminando, tardaremos un poco más.
—Fantástico.