Fernando Wangüemert Guerra

Solo lo que se ve

Una parte del proyecto actual que estoy escribiendo.

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Aparcaban en una paralela a la calle Mayor donde siempre había sitio y, al abrir la puerta del coche, el pueblo de sus abuelos les saludaba con un inconfundible olor a pino. Procuraban ir cada mes —o cada mes y medio, a lo sumo cada dos— para revisar la casa. Nadie vivía allí desde hacía varios años, pero se conservaba bien. Aun así, iban; aunque aquel día la excusa era otra, más sustancial. No solían ir los viernes, porque el suyo no era un pueblo de mucho trote y, salvo los sábados —cuando había más movimiento—, el resto de la semana transcurría sin molestar a las farolas.

—El sábado yo no puedo ir— había dicho Marta, su hermana.

Salieron del coche los tres, bajando la calle sin prisa.

—¿Quién tiene las llaves? Querían alquilar el local que tenía la casa en su planta baja. Querer… exploraban la posibilidad. Llevaba cerrado varios años. Todo empezó con una conversación a la orilla de un vino allí, en ese pueblo, hacía un par de meses, que quedó en nada. Después de esa conversación vino otra, cenando, ya en casa los tres, con sus padres, que también quedó en nada. En nada tampoco, quedó en una cápsula, que sería abierta o no, según circunstancias. El jueves Luis preguntó: —Oye, ¿Y si subimos el sábado a sacarle un par de fotos al local? Era bonito. Era mayor, pero era bonito. Techo, suelo y vigas de madera. Las paredes no eran completamente rectas, ondulaban, no fruto del descuido sino de cómo se construían las casas antes. No tenía ventanas, la entrada y nada más. Un rectángulo grande, bonito y mayor. En la puerta colgaba alguna araña. —Yo no sé si lo alquilaría— dijo su hermana nada más entrar. P. cogió la araña de la puerta, una de ellas, y la lanzó a la calle. Había un hombre mirando la puerta. P. supuso que era de allí, y que ver esa puerta abierta, que siempre estaba cerrada suponía una novedad. P. salió del local instintivamente y se apoyó en uno de los coches aparcados, mirando al cielo. Luego miró al señor. Iba vestido con chanclas, bañador y camiseta, tenía sobrepeso e iba sin afeitar. Se estaba fumando un cigarro, que cuando terminó tiró al suelo. Se puso a caminar hacia donde estaba P. y le preguntó: —Oiga joven, ¿Sabe donde está el estanco de lotería más cercano? P. le respondió que no tenía ni idea, que probara en la calle principal, algo más abajo. Mientras lo decía, el señor sacaba una sonrisa cómplice. —Como se nota que no eres de aquí, eh!— Y con la misma se fue, riéndose presumido de su hallazgo. No eran de allí. Sus hermanos salieron a curiosear la conversación. —¿Qué quería? —preguntaron. —Nada. Curiosear. Saber de dónde éramos. Me ha dicho: «Vosotros no sois de aquí». —¿Y te lo ha dicho así, directamente? —Qué va. Me ha preguntado por el estanco de lotería, que dónde estaba. —Qué sibilino —dijo Luis. —Qué sibilino —repitió Marta. —¡Qué sibilino! —se rió P. —Somos más de aquí que él. Que se lave un poco —murmuró Marta—. ¿Sacaste las fotos, Luis? —Déjame que saque alguna más desde fuera y nos vamos a tomar algo. Luego volverían a echarle un vistazo, sin más. Cerraron y caminaron hacia la alameda, donde había un puesto de bocadillos. Antiguamente, lo que daba nombre a una alameda eran los álamos plantados en ella. Ahora, P. no sabe si los árboles que hay en la suya lo son, pero sus abuelos siempre la llamaron así. —¿Sabes lo que es la tarima flotante? —le dijo su hermano—. Es lo que ponen ahora en los suelos de las casas, una lámina fina de madera a la que luego le añaden contrachapado para que parezca de verdad. Madera es solo lo que se ve. Su hermana le respondió — ¿Y eso a que viene?— y P. se rió. —Los suelos del local, y de la casa de los abuelos ya no existen. Nadie los hace así hoy… ¿Sabes?—Era el hermano pequeño. Se quedaron callados, caminando. Hacía un día buenísimo. Luis volvió a preguntar. —¿Sabes? ¿Me estás escuchando? A P. le pasaba a menudo, no miraba a la gente al hablar, aunque la escuchaba. Muchas veces si no respondía era porque no tenía una buena respuesta. Estaba distraído. Le respondió. —¿Tú crees que nadie ya lo hace así? Marta los interrumpió. —¿Comemos? P. llevaba un par de días con un satélite rondándole la cabeza. «Te responderemos en, como mucho, una semana» Eso le había dicho la tal Nerea de recursos humanos. Llamada de la que Carmen no sabía nada, y destino del que sabía todavía menos. P. pensaba que tendría tiempo de hablar las cosas si salía todo bien. Ese viernes hacía una semana desde el «como mucho». Los tres pidieron un bocadillo de chorizo y una botella de agua con gas y se sentaron en un banco. Había hambre, hasta que los bocadillos iban por la mitad no hablaron demasiado. —¿Te han dicho algo ya de lo de Madrid?— le dijo Marta. —Sin noticias Siguieron comiendo. Cuando P. se terminó su bocadillo, preguntó si alguien quería café, y fue a buscarlos. Marta y Luis se quedaron sentados en el banco. No tardó mucho. Al volver, Luis estaba ya diseñando su plan de negocio para restablecer la casa de sus abuelos como el nuevo centro neurálgico rural. —Yo creo que la terraza de la casa la cerraría con cristales y montaría un bar, y ofrecería solo cerveza y frutos secos. Si quieren comer que se bajen a por un bocadillo, bueno, o podría ofrecerlos también. Con esas vistas, nos hacemos de oro. Es la mejor esquina del pueblo, ya me dirás. —Y si se te tira uno por el balcón? ¿Qué haces? — le preguntó Marta. —Qué hacemos, dirás. Yo esto no lo monto solo. Estaban relajados. —¿Y un hotel rural? Un hotel rural sería una mina de oro. —No veo mucha gente hoy en la calle, ¿Tú crees que lo llenarías? —Hombre, son las cinco, es tarde. Los futuros huéspedes estarían todavía comiendo. —O tomándose algo en la terraza— P. Intervino por primera vez. —Bueno, tomándose algo no. Tomando cerveza, frutos secos… o cerveza y frutos secos. Se rieron los tres al tiempo que sonaban las campanas de la iglesia, al lado de donde comían. Había empezado a refrescar. A esa hora sonó la llamada telefónica, que P. esperaba pero no oyó. Dieron un paseo por el pueblo sin entrar en la iglesia, que estaba cerrada hasta las seis, se aseguraron de haber dejado el local bien cerrado y partieron otra vez de vuelta. Fue antes de subirse al coche cuando, habiendo visto la llamada perdida desde hacía un rato, P. se decidió a llamar. No supo muy bien por qué razón decidió esperar. Marcó el número sin avisar a sus hermanos, desde el coche en manos libres. —¿A quién llamas? Le respondió rápido una voz femenina, distinta a la anterior. Le dijo que llamaba por la empresa tal y el puesto pascual, y le dio la enhorabuena por haber sido el candidato seleccionado, a lo que dejó un silencio en el que P. agradeció la noticia. —¡Gracias! Todavía no sabía que lo que le habían dado era un trabajo y no un regalo. Sus hermanos se pusieron a hacer carantoñas mientras la chica recitaba una perorata aséptica de instrucciones que P. no estaba escuchando. Solo intervino en la llamada cuando Cristina, así se llamaba, le pidió una fecha temprana de incorporación «Es muy importante para nosotros que empieces lo antes posible». P. le respondió que le contestaría con una fecha por correo para firmar el contrato, se despidieron y le volvió a dar las gracias. Pensó en una fecha adecuada, el veintitrés de enero, por ejemplo. La carretera de vuelta a la ciudad era sinuosa. Al colgar, sus hermanos empezaron a comentar su futuro inminente mientras P. mantenía silencio. Con una mezcla de desafecto e ilusión, decidió centrarse en lo que veía. Le dijo a su hermano: —Luis, cuéntame otra vez la historia del suelo del local.