Fernando Wangüemert Guerra

Cuestiones de educación

No es trivial definir bajo qué supuestos uno debe saludar a un desconocido.

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Pancho no se considera un talibán de los saludos, ni de los modales. Simplemente cree que es de rigor saludar a la gente a la que ve habitualmente. No son desconocidos. Tal vez no-conocidos en una esfera de posibilidad. Pancho lo define de una forma más prosaica.

—Yo a una persona a la que le veo la cara más de 2 veces al mes no la considero desconocida, aunque la interacción sea ínfima. Si te puedo responder con un “hasta la próxima” te debo saludar. Y tú debes saludarme.

Empezó a pensarlo en la universidad, en pasillos por los que se encontraba día sí, día también, a las mismas caras con pesadumbre mirando al suelo evitando interacción.

—¿Tan complicado es? Quiero decir, veo a esta gente más que a mis padres y no intercambiamos ni una mirada.

Por aquella época, lejana ya, Pancho se limitaba a fijar la mirada en aquellos de los que demandaba al menos un gesto mínimo. Con mayor o menor acierto, conseguía que de vez en cuando esa gente sinsaludada arqueara las cejas o soltara una sonrisa como el que le tira una moneda a un mendigo. Sobra decir que amigos de estas performance no consiguió ninguno.

En cualquier caso, el tiempo pasó y aquellos pensamientos hibernaron en el olvido durante años, dejando hueco a todo tipo de casuística que impedía a Pancho prestar atención a si alguien le saludaba o dejaba de saludar. Etapas, ya sabes. Sin embargo, las grandes iniciativas vuelven aunque dormiten durante años y cuando Pancho se mudó tiempo después a donde vive ahora, su movimiento político volvió a despertar. Esta vez los aludidos fueron sus vecinos y, en lugar de los pasillos de la universidad, el escenario de la coreografía del saludo fue el patio interior que precedía a un portal siempre acompañado del portero regando sus plantas con un Camel en la mano. Él sí que saludaba.

–Cómo vamos Javier, ¿todo bien?

Javier siempre abría mucho la boca como si estuviera a punto de bostezar.

–Holaeee

El único. Para el resto del vecindario, Pancho era invisible o, en el mejor de los casos, una parte más de una soporífera rutina diseñada para desvanecer las aspiraciones de los hombres libres. Inaceptable. Así empezó su costumbre de saludar a sus vecinos cuando tenía la oportunidad.

–Buenos días.

Vecinos, visitantes, o repartidores de Glovo. Todo aquel que coincidiera con él en los treinta metros de patio interior recibiría, discretamente y con educación, su saludo.

–Buenos días.

Si el aludido iba de buen humor solía responder agradable, pero eran pocos. La mayoría seguía su camino vital sin reconocerse saludados. Así, Pancho empezó, siempre con educación, a levantar un poco la voz. Los buenos días empezaron a ser un poco más sonoros, tampoco mucho, nunca llegó a sobrecoger a nadie, pero sí que era más difícil no sentirse interpelado a saludar. El éxito fue abrumador.

–Buenos días.

–Buenos días!

Día tras día, éxito tras éxito.

–Buenos días!

–Hola buenas.

No vamos a decir que aquello le mejoraba el día, porque estaríamos exagerando, pero la realidad era que Pancho recorría los pasos del portal sonriendo, feliz tras saludar al que, de otro modo, habría seguido su camino como un pez. Los mejores eran los despistados.

–Buenos días.

–Ah, buenos días.

Como todo, aquello terminó por terminar. En el camino embarcado de rectitud educacional, prodigar saludos y profetizar modales, a Pancho le cayó una cura de humildad.

Domingo por la mañana, sale con música puesta a la calle. Se aproxima una señora adulta, moderadamente mayor, para salir a su vez por el portal. Pancho, en su proselitismo particular, se dispone a saludar pero, en el momento justo en el que abre la boca, la mujer se le adelanta.

–Buenos días.

Con las cejas arqueadas y ligeramente desarmado ante el acto de espontaneidad, responde:

Buenosdiasquetal

Mira tú, un que tal sin que tal. Lo dice por decir, Pancho no tiene ningún interés en el estado anímico de la involucrada. Sin embargo, a la salida del portal cuando sus caminos se separan y ya ninguno de los dos se ve el semblante, ella responde inocente.

–Muy bien, gracias.

Pancho podría haber jurado, tras girarse y quitarse un auricular, ver a la mujer sonriendo conforme sigue su marcha con una bolsa de tela del Carrefour al hombro, dispuesta probablemente a hacer la compra. En la cabeza del ahora pseudo-profeta solo cabe una pregunta:

–¿Y ahora qué?