Fernando Wangüemert Guerra

Emilio no sabe saludar

Escrito en el mismo curso de relatos. Intenta, de forma infructuosa, ser comedia.

  ·   3 min read

Se había despertado tranquilo hace media hora. Como siempre. Siempre sale de casa con un café en la mano en un vaso desechable camino al trabajo. Dentro de lo que cabe, es un afortunado a pesar de trabajar algo lejos. La empresa le lleva en autobús. Está muy bien. Decir que Emilio disfrutaba el trayecto sería exagerar pero, las cosas como son, aquello era conveniente. Solo tenía un problema.

Aquel día llegó a la parada con tiempo de sobra. Quedaban alrededor de diez minutos todavía para que llegara el bus. Se situó en su baldosa, al menos la suya desde las ocho menos diez hasta en punto de lunes, martes y miércoles. Ahí cerca estaban Amparo, el tobillos y una chica con los ojos azules muy claros.

De ninguno se sabía los nombres. Por eso, con el paso del tiempo, les había ido poniendo motes. Bueno, Amparo si que se llamaba así. Amparo ante tormentas. En una fiesta de la empresa la confrontó. Estaba fumando fuera y se acercó a pedirle fuego.

–Perdonad, ¿tenéis fuego?

–Yo a ti no te doy nada hasta que me digas como te llamas. Que te veo más que a mi madre y no me sé ni tu nombre.

Ese día Amparo saludó a Emilio y se rió. No se habían vuelto a saludar desde entonces. A partir de ese momento solo tormenta.

A tobillos lo llamaba así porque, aunque hiciera mucho frío, iba con unos pantalones cortos por encima del tobillo. Tobillos no tenía cara de ser mala persona pero sí un poco maleducado. Tal vez solo tímido y callado, pero la realidad es que no se habían saludado nunca. Alguna vez habían estado a punto pero en el último momento tobillos siempre bajaba o subía la cabeza para evitar tan desagradable momento.

Aquel martes Emilio estaba incómodo. Había dormido poco y no le había dado tiempo a tomarse el café en casa. Miró a la derecha y vio al tobillos mirándole fijamente. –Qué mala suerte– pensó. Objetivamente era mala suerte. Durante esos diez minutos la miradas de los 4 orbitaban en direcciones aleatorias y era poco frecuente que coincidieran. Emilio se quedó más quieto que de costumbre y el cruce de miradas duró algo más de un segundo. Incómodo, Emilio levantó un poco la barbilla en señal de saludo. Tobillos, completamente descompuesto por el gesto de espontaneidad, levantó la barbilla mientras giraba la cabeza para deshacer el entuerto en el que se había metido. Visto desde fuera, cualquiera diría que había sufrido una leve convulsión.

Con la operación “levantamiento de barbilla” a Emilio se le había quedado frío el café. Bebió un sorbo más y lo dejó en una encimera inexistente. Cayó y sonó clac. El café salió despedido y se mojó los zapatos y la parte baja de los pantalones. A tobillos le habría mojado los tobillos de no ser porque, rápido en reflejos, pegó un salto justo antes de que cayera el café.

Emilio recogió el vaso y se giró. Alcanzó a ver cómo las pupilas de la chica de los ojos azules, tobillos y Amparo volvían a mirar a la carretera después de haber visto el acontecimiento impasibles. Llegó el bus. El chófer es el único afortunado de las rutas de la mañana que recibe saludos de todos. El saludado. En Avenida de América recibió cuatro.

–Buenos días –Buenos días –Buenos días –Buenos días